Frases de Oscar Wilde

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Frases de Oscar Wilde
Una sola es la verdadera tragedia de la vida de la mujer: el hecho de que su pasado sea siempre un amante, y el futuro, invariablemente, un marido.
Una mujer no siempre es feliz con el hombre que ama; pero siempre es desdichada con el que no ama.
Un hombre muy enamorado nos hace soñar; un hombre muy enamorado de su mujer nos hace sonreír.
Sólo el amor puede ayudar a vivir.
Para adquirir reputación del mayor tacto social, habla a cualquier mujer como si estuvieras enamorado de ella, y a cualquier hombre como si te aburriera.
El matrimonio es el único tema donde todas las mujeres están de acuerdo y todos los hombres en desacuerdo.
Los hombres siempre se empeñan en ser el primer amor de una mujer. Tal es su tosca vanidad. Las mujeres tienen un instinto más sutil de las cosas. Prefieren ser la última novela de un hombre.
En el arte como en el amor la ternura es lo que da la fuerza.
En la vida matrimonial, tres es compañía y dos es ninguno.
La ternura es el reposo de la pasión.
Veinte años de romance convierten a una mujer en algo como una ruina; pero veinte años de matrimonio le hacen algo a sí como un edificio público.
Maldita sea, caballero, su deber es casarse. No puede estar viviendo siempre para disfrutar.
Las cataratas del Niágara son la segunda gran desilusión de la novia.
No hay nada en el mundo como la devoción de una mujer casada. Es algo de lo que ningún hombre casado tiene ni la menor idea.
Un capricho se diferencia de una gran pasión en que el capricho dura toda la vida.
Podria simular una pasion que no sintiera, pero no podria simular una que me arrasara como el fuego.
Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas no tienen tiempo, ¡Están siempre tan ocupadas en estar celosas de los maridos de los demás!
El amor está muy bien a su modo, pero la amistad es una cosa mucho más alta. Realmente no hay en el mundo nada más noble y raro que una amistad verdadera.
Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna.
Los hombres casados son horriblemente aburridos cuando son buenos maridos, e insoportablemente presumidos cuando no lo son.
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